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Navegando las transiciones con esperanza

 | por Danilo Montero

Thursday, November 1, 2018
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La Biblia nos relata la fascinante historia de Noemí a quién le toco enfrentar la pérdida de su esposo y sus dos hijos. Siendo ella una mujer de edad avanzada, se vio obligada a comenzar desde cero en compañía de sus dos nueras. Noemí está pasando por un momento tan trascendental en su vida que incluso se redefine como individuo:

No me llamen Noemí, contestó ella. Más bien llámenme Mara, porque el Todopoderoso me ha hecho la vida muy amarga.(Rut 1:20) 

Sin embargo, Dios estaba a punto de llevarla al capítulo más brillante de su vida. Ella está tratando de salir de una etapa álgida, pero cuando pasa la transición, recibe la restauración de todo lo que había perdido. 

Ahora bien, en mayor o menor medida, todos hemos pasado o estamos pasando por transiciones. Seres queridos que ya no están, oportunidades que se nos escaparon, relaciones rotas, posiciones de empleo que nos arrebataron, emprendimientos que no prosperaron, una enfermedad, etc. A la luz de estas situaciones, nos invaden pensamientos turbios y, al igual que como a Noemí, dejamos que ellas re-definan nuestra identidad como hijos de Dios. Ponerle una etiqueta de tragedia o amargura a nuestra vida por el hecho de atravesar una situación crítica nos roba la oportunidad de avanzar en otras áreas de nuestras vidas. Aún recibiremos todo lo que Dios ha prometido.

Tratar una transición como si fuera un final puede ser un error. Toda transición requiere el cierre de un capítulo, un dejar ir algo. Una transición no es un punto final. No la resumas como el juicio de Dios por la suma de tus pecados o tu última oportunidad. Puede ser que hayas vivido los frutos de tus desaciertos. Pero el arrepentimiento puede cambiar esa dirección. Al hacerlo, verás exactamente lo que Dios ve: que tus mejores años están por venir. 

La verdad es que una transición es eso, un momento de cambio, de ajuste y nada más. Hay que aprender a resolver lo pendiente, dejar lo que se va y prepararnos para una nueva etapa. Es una nueva oportunidad para aprender, estudiar, restituir y pedir perdón. Puede ser que hayas tenido uno, dos, tres o miles de reveses, pero cuando te vuelves a Dios de todo corazón, Él puede redimir los años que se comió la langosta y regresarte siete veces más de aquellas cosas o relaciones que has perdido. 

¡Animo! Levanta el ancla, mantén el curso y espera el próximo impulso del viento. Tus velas se hincharán una vez más y Dios te  llevará a esa tierra prometida. 

 

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